La psicología social de nuestro siglo nos revela una lección fundamental: no pocas veces no es tanto el tipo de persona que es un hombre en concreto, cuanto más bien el tipo de situación en el que se encuentra, el que determina cómo va a actuar.

Stanley Milgram

 

Tres meses después de que el criminal de guerra Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. El psicólogo social de la Universidad de Yale Stanley Milgram se hizo la siguiente pregunta para intentar comprender y explicar cómo un ser humano podría cometer semejantes atrocidades: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes?

El experimento de Milgram

Milgram ideó un experimento en para comprobar cuánto dolor infligiría un ciudadano coimagen-del-experimento-milgram1rriente a otra persona simplemente porque alguien -percibido como autoridad- se lo pedía para un experimento científico.

A los voluntarios que se presentaron para el estudio se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia a la autoridad, y se les dijo que era un experimento sobre la memoria y el aprendizaje. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de nivel cultural. El experimento requería tres personas: El investigador o experimentador, el “maestro” (el voluntario que se presenta al experimento) y el “alumno” (una persona que en realidad es un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro que ha castigar con descargas eléctricas de creciente intensidad al alumno cada vez que falle una pregunta.

Separado por un panel del “maestro”, el “alumno” se sentó en una silla, se le ató y se le colocó unos electrodos en su cuerpo con crema “para evitar quemaduras”.  También se les señalaba que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo ello es observado por el lo participante.  Se comenzaba aplicando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real (la única de todo el experimento) de 45 voltios con el fin de que el “maestro” compruebe el dolor real del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”.  El investigador, sentado en la misma estancia que el participante le proporciona una lista de pares de palabras que ha de enseñar al “alumno”. El “maestro” comienza leyendo la lista a éste y después le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al “alumno” cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el “maestro” o participante le aplicará a su “alumno” una primera descarga leve de 15 voltios, que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, hasta un máximo de 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.

El sujeto experimental cree así que está dando descargas eléctricas al “alumno” cuando en realidad todo es un teatro. El “alumno” ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comenzaba a incrementar sus señales de sufrimiento: quejarse, golpear el panel separa del “maestro”, quejarse de su condición de enfermo del corazón, gritos de dolor, etc… hasta que llegaba a pedir terminar el experimento e irse a casa. Finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, daba alaridos de dolor. En realidad, lo que el participante oía era una grabación. Si el nivel de falso dolor alcanzaba los 300 voltios, el “alumno/actor” dejaba de responder a las preguntas y se oían estertores previos al coma.

Si el “maestro” se quejaba o se oponía a seguir, lo cual ocurría frecuentemente, expresaba al investigador su deseo de no continuar, pero éste le indicaba fría e imperativamente frases imperativas como:

“Continúe, por favor”.
“El experimento requiere que usted continúe”.
“Es absolutamente esencial que usted continúe”.
“Usted no tiene opción alguna. Debe continuar”.
Si después de esta última frase el participante se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

El resultado,  fue impactante: El 65% de los sujetos que participaron como “maestros” en el experimento administraron la descarga límite de 450 voltios a sus “alumnos”, si bien muchos de ellos mostraron incomodidad y manifestaron reparos. Hasta el límite de 300 voltios (donde el alumno dejaba de dar señales de vida), ningún participante paró ni negó rotundamente a seguir. Estos resultados,  no variaban sustancialmente según localización del experimento ni el año de realización.

Lo que ocurrió fue que la férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos participantes de lastimar a otros. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier orden por quien ellos perciben como autoridad constituye el principal descubrimiento de este revelador estudio. Efectivamente, este experimento demostró que el ciudadano medio (estadounidenses en el estudio original) obedecerían órdenes inmorales, tal como muchos alemanes habrían hecho durante el periodo nazi

Hay que decir que, a pesar del aparente sadismo de muchos de los participantes, esto no era realmente así, dado que todos se mostraban estresados y preocupados por la situación y la salud del “alumno”. Cuando se les decía que su cobaya no era más que un actor y que se encontraba perfectamente, suspiraban aliviados,  aunque eran plenamente conscientes del dolor que supuestamente habían estado infligiendo.

Para muchos de los participantes en el estudio, el experimento supuso un importante cambio en su vida, al comprender que podían lastimar a otra persona sin comprender en realidad por qué lo hacían, es decir, que habían obedecido ciegamente olvidando su propias creencias y normas morales. Lo que el experimento pone realmente de relieve es que muy pocas personas saben realmente si están actuando acorde a sus propias creencias y valores o si están actúando por obediencia a la autoridad o presiones externas producidas por las situaciones en las que se encuentran.

Milgran aportó dos teorías para explicar los resultados: La teoría del conformismo, que dice que, en una situación crítica, un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones transferirá la toma de decisiones al grupo (en este casomodelo de comportamiento de la persona) y su jerarquía.  La segunda es la teoría de la cosificación (agentic state), según la cual,  la obediencia se produce porque una persona se ve a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera responsable de sus actos. Todo ello lo expone Milgram en su imprescindible libro ‘Obediencia a la autoridad. Si bien el ser humano tiene libertad para elegir, una vez inmerso en el rol de agente cosificado, no hay vuelta atrás.

El experimento de Milgram fue replicado en 2010, ahora en el contexto de un supuesto concurso de televisión. En esta ocasión, la autoridad a la que los concursantes obedecían poco menos que ciegamente era una presentadora de televisión. Las frases imperativas que usaba eran las mimas que en el estudio original. Los resultados de esta nueva versión del experimento fueron muy incluso más devastadores que los obtenidos por Milgram en los 60, como podéis ver en el siguiente vídeo:

El influyente experimento de Milgran ha sido llevado al cine en 2015 con la película “Experimenter“, en la que Peter Sarsgaard da vida al reputado psicólogo.

https://www.youtube.com/watch?v=1HcMWlnTtFQ

 

El experimento de Asch

En la línea del experimento de Migram se sitúa también el experimento llevado a cabo por el psicólogo Solomon Asch, que puso de manifesto el conformismo y la maleabilidad del individuo.

El experimento consistió en reunir en grupo de estudiantes en un aula a los que se les indicaba que tendrían que comparar pares de líneas. Se les mostrarían dos tarjetas, en una aparecería una línea vertical y en la otra tres líneas verticales de distinta longitud. Los participantes deberían entonces indicar cuál de las tres líneas en la segunda tarjeta tenía la misma longitud que el estándar de la primera.

Del grupo de participantes, todos eran cómplices del experimentador excepto uno, que era el sujeto experimental, al cual se le colocó en la posición de tener que dar su respuesta después de haber escuchado la mayoría de las respuestas del grupo.  Cuando los cómplices indicaban intencionalmente y de forma unánime una respuesta incorrecta, el sujeto crítico eventualmente cedía a la presión de grupo e indicaba también una respuesta incorrecta, aun cuando estaba bastante seguro de que él estaba en lo cierto. La presión social de la mayoría había ganado.

En el siguiente vídeo puedes ver los sorprendentes resultados del experimento de Asch:

 

Conociendo esta información, es fácil comprobar como en nuestro día a día, en nuestra vida cotidiana, se replican continuamente estos resultados. Muchas veces no somos conscientes de que quizás no tenemos los recursos necesarios para resistir a la presión social, la manipulación mediática o a las órdenes autoritarias. Sin embargo, tomar consciencia de ello es ya, per se, una poderosa herramienta para no sucumbir al conformismo ni al autoritarismo para actuar acorde a nuestras propias creencias y valores. Esta toma de consciencia es el primer paso hacia la verdadera libertad.

El peligro de la obediencia y el conformismo: El experimento de Milgram
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